Decía Albert Einstein que la fuerza más poderosa del hombre no es ningún tipo de energía, ni siquiera la atómica, sino que es la voluntad. No es descabellado afirmar que, lo que hace la voluntad en el hombre, lo consigue la innovación en el crecimiento de la economía de los países avanzados. Esta es la causa principal por la que la inversión en I+D+i y el cambio tecnológico ha cobrado cada vez más importancia en las políticas económicas de los países y en las decisiones estratégicas de las diferentes compañías.

Seis son los objetivos que persiguen las empresas con el desarrollo de una estrategia tecnológica activa, según la Federación de Industria de Alimentación y Bebidas: extender la gama de productos, mantener la cuota de mercado y abrir otros nuevos, mejorar la flexibilidad de la producción, rebajar sus costes, mejorar las condiciones de trabajo y reducir los impactos medioambientales. A este respecto, el mencionado informe pone de manifiesto que “este esfuerzo innovador de las empresas se traduce en capacidad de transformar nuevas ideas y nuevos conocimientos en bienes o servicios avanzados y de alta calidad, que logran mayores cuotas de mercado y aportan mayores beneficios para las empresas. De esta forma, los nuevos productos colmarían las demandas y necesidades de los consumidores, creando valor para las empresas y reforzando su posición, haciéndolas menos sensibles a los vaivenes de la demanda”.

Así pues, la innovación se considera como oportunidad para las empresas que la aplican en cualquier sector que se analice, incluido el agroalimentario.

Centrándonos en este sector, hay que destacar que estos mercados son complejos. De hecho, la producción primaria no sólo viene determinada por la tecnología, sino que la climatología juega un importante papel, así como el hecho de la existencia de políticas agrarias más o menos proteccionistas.

No se puede, por tanto, generalizar sobre las diferentes estrategias que ponen en marcha las empresas para defender su posición competitiva. Sí podemos afirmar que las empresas tienen varias opciones: a) reducir los costes de producción, para mejorar los márgenes, o mantenerlos ganando cuota de mercado; b) diferenciar el producto a través de una modificación de los caracteres cualitativos objetivos, ofertando un bien distinto al que están poniendo a disposición del consumidor otros competidores; c) valorizar, mediante estrategias de marketing, los atributos y servicios de los productos que se ofertan; d) modificar la organización del proceso productivo o de la logística que lo acompaña para generar nuevos valores añadidos al consumidor final, mejorando los márgenes o la oferta a clientes; o e) una combinación de las anteriores. Cualquiera de las opciones anteriores se considera innovación empresarial.

La innovación puede ser de procesos, de productos u organizativa. En unos casos incorporará tecnología y en otros casos no lo requerirá. Sin embargo, siempre requiere de un análisis comparativo, captando ideas de lugares diversos, para combinarlas y generar cambios adaptados a la organización y características de cada empresa. Estos cambios van a asociarse siempre a una inversión y el Cluster ayudará a la toma de decisiones.